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¿Es la carne un alimento natural para los humanos?

Desde hace mucho tiempo se viene advirtiendo a los vegetarianos que no ingieren la suficiente fuente de proteínas esenciales que se supone que deben  tomar los humanos todos los días. Se sabe que los ocho aminoácidos esenciales que forman la proteína, se pueden encontrar en una simple comida de base de arroz y alubias o en una ración de “chía”.

El arroz contiene aminoácidos que faltan en las alubias, y éstas contienen, a su vez, las que no tiene el arroz.

Los típicos trastornos derivados del consumo excesivo de proteínas son la osteoporosis, las enfermedades del corazón, la artritis reumatoide y el cáncer. En cambio, quienes nunca toman proteína animales como las que contienen la carne, el pescado, los huevos y los productos lácteos presentan unos índices muy bajos de estas enfermedades y tampoco sufren deficiencia proteica, siempre que coman cantidades suficientes de frutas, verduras, cereales, legumbres y unos cuantos frutos secos y semillas.

En cambio en nuestra sociedad moderna se consume un 50% más de proteína de la realmente necesaria. Por eso se sabe que el consumo de carne acaba con la vida de muchísimas personas.

En la raíz del problema se halla la incapacidad del ser humano para descomponer debidamente la proteína de la carne en aminoácidos. Trozos de carne sin digerir penetran en el tracto intestinal, arrastrando consigo a los parásitos. La mayoría de estos últimos resisten tanto el calor aplicado durante la cocción como los ácidos del estómago humano.

Los animales carnívoros, en cambio, acaban con estos parásitos al instante mientras la carne pasa por su estómago. Esto se debe a que su estómago produce veinte veces más ácido clorhídrico que el nuestro. Esto ayuda al animal a descomponer las proteínas de la carne en sus componentes esenciales.

Si un hombre joven come un pedazo de carne, tal vez podrá digerir el 25% del mismo, en cambio el animal carnívoro podrá digerir casi la totalidad de la pieza, incluidos los huesos y el tejido fibroso.

La función digestiva principal de los animales carnívoros tiene lugar en el estómago y no en el intestino delgado. La carne permanece en su tracto intestinal, que es relativamente corto, durante poco tiempo. En cambio, nuestro intestino delgado, que mide entre 5 a 6 metros de longitud, procesa la mayoría de alimentos naturales durante varias horas. Pero la carne, puede permanecer en el intestino delgado durante nada menos que de 20 a 48 horas, período de tiempo en el que buen parte de ella se pudre y descompone.

El proceso de putrefacción da lugar a la generación de venenos de la carne, sustancias altamente tóxicas, provocando de toda clase de enfermedades.

Un estudio en Alemania, ha demostrado que las personas de mediana edad que consumen carne para cenar son más propensas a sufrir un ataque cardíaco a la mañana siguiente que las que no cenan carne. La entrada excesiva de proteínas en sangre puede espesar esta misma, reduciendo drásticamente el abastecimiento de oxígeno al corazón y otros órganos vitales, como el cerebro.

Un animal muerto deja de ser “fresco” inmediatamente, al margen de lo que se haga con él, es imposible devolverle a la vida o convertirlo en alimento vivo para nuestro cuerpo. La putrefacción y el crecimiento bacteriano se pone en marcha nada más ocurrir la muerte animal y alcanzan un nivel avanzado cuando llevan unos días o semanas muerta, lo que sucede en la mayoría de los supermercados o carnicerías.

Toda la anatomía del hombre, mandíbulas, dentadura, sistema digestivo, manos y pies, como la del gorila o del orangután, demuestra que tiene que haber evolucionado durante millones de años comiendo frutas, cereales, verduras, frutos secos y semillas.

Antes del último cambio de polaridad de la tierra y de la última glaciación, ningún ser humano habitaba en las regiones frías del planeta. Todos ellos vivían en las cálidas zonas tropicales donde tenían bastante alimento vegetal a su disposición. De pronto, cuando las zonas tropicales de Siberia y la región ártica experimentaron un brusco descenso de las temperaturas, los animales se morían de frío en un instante, mientras todavía masticaban frutos tropicales. Algunos de ellos han sido hallados hasta hace poco, miles de años después, totalmente intactos, con los frutos todavía en la boca. La profunda ola de frío se extendió con tal rapidez que ni siquiera les dio tiempo para tragar el fruto que estaban comiendo. Esos humanos y animales que tenían la suerte de vivir en otras zonas tropicales del planeta conocieron cambios climáticos más moderados y, de este modo, lograron sobrevivir al repentino comienzo de la glaciación. Sin embargo, tuvieron que aprender a convivir con las estaciones del año, tal como las conocemos ahora. En las estaciones frías no tenían más remedio que matar animales para comer.

Entones fue cuando comenzó la caza y el consumo de carne se volvió una necesidad. Pero esto no tiene nada que ver con el diseño original de la constitución humana.

Los animales no carnívoros, incluido el ser humano, tienen intestinos largos, diseñados para la digestión lenta de frutas y verduras con los incisivos, muy útiles para comer una manzana por ejemplo, y para triturar o moler frutos secos, semillas y granos con ayuda de los molares.

La mano humana con el pulgar separado para hacer pinza, está más preparada para recoger frutas y verduras que para matar presas. Si fuéramos carnívoros por naturaleza, también nosotros estaríamos dotados de las mismas o similares aptitudes para la caza que los animales carnívoros.

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