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Teorías engañosas… ¿Realmente la leche te aporta calcio?

La ciencia médica y nutricional dominante basa sus teorías no tanto en los procesos básicos que se desarrollan en el organismo, sino más bien en el contenido de los alimentos. Esto puede ser muy engañoso, por decirlo suavemente.

Te pongo un ejemplo de ello, nos dicen que cuando carecemos de calcio deberíamos beber leche porque contiene mucho calcio. Lo que no nos dicen, en cambio, es que para digerir y metabolizar el calcio de la leche tenemos que deshacernos primero del fósforo que contiene, y que para procesar y eliminar dicho fósforo necesitamos calcio.

Puesto que la leche contiene más fósforo que calcio, los huesos, los dientes y los músculos han de suministrar el calcio adicional necesario. Este simple hecho hace que la leche sea un importante alimento que contribuye a la pérdida de calcio, que, a su vez, puede provocar osteoporosis, diabetes, cardiopatía, trastornos respiratorios y cáncer.

En un principio todo lo que es considerado bueno para nosotros, también puede ocurrir como en el caso de la leche, que puede ser perjudicial realmente, otro ejemplo también, seria en el caso de las vitaminas, administrar vitaminas a personas con deficiencia de las mismas, puede aún acentuar más todavía esta falta de vitaminas. Quienes tienen carencia de omega-3 no necesariamente conseguirán subsanarla ingiriendo esas grasas en forma de pescado, aceite de pescado o linaza.

Las personas cuyas funciones digestivas están deterioradas no se vuelven de pronto capaces de  aprovechar mejor determinados alimentos o nutrientes porque los tomen en mayor cantidad.

Una cosa es que el pescado contenga elementos beneficiosos, y otra que nuestro cuerpo se capaz de absorberlos eficazmente y aprovecharlos, esto dejando de lado, por supuesto, el mercurio y otros metales que absorben los peces del mar o de los lagos y ríos, o los antibióticos, colorantes y otros aditivos alimentarios con que se alimenta a los peces criados en piscifactorías.

El pescado tiene que ser rico en nutrientes, pues de lo contrario no existirían las ballenas, los delfines ni los osos por ejemplo. Pero esto no significa que cualquier elemento nutritivo que exista en la naturaleza deba aparecer también en nuestro plato.

Una vez muerto el pez, o cualquier animal, se interrumpen el suministro de oxígeno a sus células. Con ello se pone en marcha inmediatamente el proceso de destrucción celular debido a las enzimas intracelulares. A menos que la persona se coma el pescado o el pollo justo cuando el animal acaba de morir y, desde luego, en estado crudo, la mayor parte de lo que ingerirá será proteína podrida.

Si no se trata con agentes colorantes cancerígenos, una pieza de carne empezará a adquirir un color gris verdoso en cuestión de horas. Para empeorar todavía más las cosas, al guisar, freír carne, pescado, huevos y aves se aplica calor suficiente para que se coagulen las escasas proteínas que todavía puedan quedar intactas. Pensemos en un huevo crudo que se cuece o se fríe: la yema y la clara líquidas se tornan rápidamente consistentes y sólidas. Las moléculas de proteína pierden su estructura tridimensional y quedan destruidas por efecto del calor.

El cuerpo no es capaz de aprovechar la proteína coagulada para formar células, en su lugar la trata como si fuera un agente patógeno causante de enfermedades. Como consecuencia de ello, este alimento, que ahora se ha vuelto tóxico, no hace en el mejor de los casos otra cosa que estimular el sistema inmune en el intestino delgado e inducir a una fuerte respuesta de eliminación en el intestino grueso.

La respuesta inmune hace que uno se sienta más lleno de energía y tal vez piense que esto se debe a que ha comido alimentos de origen animal, pero esto está muy lejos de la verdad. Por decepcionante que suene, con cada respuesta inmune el cuerpo en realidad se debilita. Cada vez más conductos biliares se obstruyen con cálculos y el sistema cardiovascular se congestiona progresivamente a medida que se depositan cantidades crecientes de proteínas en las paredes de los vasos sanguíneos.

Como demuestran los animales más fuertes del mundo, por ejemplo, el elefante, el búfalo de agua, la jirafa, el caballo, la vaca, el gorila y el orangután, no hace falta que los seres humanos comamos proteínas para ponerlas a disposición de las células del cuerpo. Un bebé recién nacido triplica su tamaño y su número de células repletas de proteínas en sus primeros 16 meses de vida sin ingerir ningún alimento proteico. Si, se en lo que estás pensando, “¡Pero si la lecha materna está llena de proteínas!”.

¡Ni mucho menos! La leche materna no contiene más que una cantidad mínima de proteínas, a saber, de 1,1 a 1,6 g por 100 g de leche. La mayoría de los niños sanos de todo el mundo reciben otros alimentos aparte de la leche materna en su primer año de vida. Si la leche materna contiene, pongamos, un 1,4 % de proteína, esta cantidad no sería ni de lejos suficiente para explicar el aumento de peso de 7 kg que experimenta el bebé en el curso de su primer año.

Por naturaleza, los seres humanos, igual que otros seres no carnívoros no dependen de la ingesta de proteínas para desarrollar y mantener sus músculos, células y órganos. En realidad, todos derivamos los nutrientes esenciales que precisamos del aire que respiramos, y eso desde la primera bocanada. Todo el mundo sabe que para vivir necesitamos las moléculas de oxígeno del aire, pero son muy pocos los que también saben que necesitamos y aprovechamos, asimismo, las moléculas de nitrógeno, carbono e hidrógeno de que está saturado el aire. Estas cuatro moléculas son los ingredientes constitutivos de todos los aminoácidos del cuerpo humano y de cualquier otro ser vivo del planeta.

Nuestro ADN y el hígado son perfectamente capaces de sintetizar estas moléculas formando aminoácidos y proteínas completas. La deficiencia de proteínas se produce en personas cuyas funciones hepática, respiratoria e inmunológica están seriamente mermadas o que ingieren demasiadas proteínas acumulándose en las membranas basales de los vasos capilares sanguíneos impidiendo el suministro de proteínas a las células.

Los humanos tenemos una capacidad muy limitada para digerir y procesar las proteínas y las grasas de la carne. Si se colocara a un niño hambriento en una jaula con un trozo de carne a un lado y una manzana al otro, ¿cuál de los dos elegiría el niño para comer? Creo que has acertado, elegiría la manzana, si se metiera un león en la jaula, el animal se abalanzaría sobre la carne, si prestamos atención a nuestros instintos básicos, y no a los lemas publicitarios de la industria alimentaria, veríamos que la carne nunca ha sido un alimento para humanos.

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